Pero esta da pie a que regrese el mar de palabras, en el que me voy a meter nuevamente
Hola nuevamente a todos...





Las olas del dolor
Una Historia sobre una pintura, narrada por María Laura Díaz
Thai nació y se crió en Tailandia, en el sur asiático. Tenía 8 años y una larga vida por delante. Vivía con sus padres y dos de sus tres hermanos (uno de ellos había sido devorado por un hambriento tigre en el corazón de Bangkok). Su familia se ganaba la vida vendiendo pescado en todas las ferias de la ciudad, mientras que Thai se levantaba todas las madrugadas para caminar 20 kilómetros hasta llegar al colegio, su peor tortura, porque ahí era el blanco de constantes golpes y prejuicios por parte de sus compañeros.
Además de ser un chico muy humilde, al igual que casi toda la población de su país, él era portador de HIV, contagiado por una transfusión de sangre. El no sabía de esto y por eso nunca entendió porque la gente lo marginaba y lo trataba tan mal. Se sentía muy solo y muy triste porque no tenía amigos y lo peor de todo porque la familia siempre estaba fuera de casa trabajando.
Al mediodía después de llegar del colegio comía lo que podía encontrar y salía corriendo ansiosamente hacia la playa que se encontraba detrás de su casita de barro. Las arenas blancas como las nubes, las aguas transparentes como su corazón, el sol ardiente y las gaviotas que volaban sin parar eran sus únicos amigos para matar esa soledad que lo consumía. Se pasaba horas y horas jugando hasta que el sol se despedía y daba paso a la luna que iluminaría en blanco al mar.
Al llegar la noche cenaba pescado, como casi todos los días con su familia. La cena era prácticamente el único contacto con su familia. En ese ritual, Thai contaba todo lo que había hecho en el día, mientras que su papá le contaba las historias que vivía en la ciudad donde llegaban con el carro de pescados bien frescos.
Cuando se iba acostar a su camita fabricada de cañas, se quedaba mirando por la ventana a las olas salvajes que golpeaban muy suavemente a las rocas que descansaban sobre la orilla, muy parecido a su vida. A todo esto siempre se le sumaban lágrimas de pena y odio que caían de sus ojos achinados. Lágrimas que solo él entendía. Lágrimas que le rompían el alma. El soñaba despierto con que al día siguiente podría jugar en la playa con un amigo de carne y hueso. Pero siempre que se perdía en su imaginación se quedaba dormido.
Thai quería tener un amigo, alguien con quien compartir las aventuras de niños inocentes. Quería experimentar el hecho de hablar con alguien que no sea solo su voz interior. Envidiaba muchísimo a los niños de su edad que caminaban en grupo frente a el. No entendía porque el no podía tener un amigo, si el era igual que los demás.
Era diciembre del año 2004 y habían terminado las clases en las escuelas y daba paso al receso escolar. Se aproximaba un verano muy caluroso y una gran oleada de turistas que llegarían en busca del paraíso perfecto. Thai, camino a su casa, por fin respiraba aliviado porque no iba a tener que seguir sometiéndose al maltrato que sufría. Estaba a unos pocos metros de llegar a la calle principal del centro comercial de Bangkok, cuando de repente siente que detrás suyo alguien le seguía los pasos. Gira la cabeza hacia atrás pero la vereda estaba desolada. Muy sorprendido, sigue su rumbo pero con el paso más ligero.
Al llegar a su casa, como era de esperar no había nadie, ni siquiera algo para comer. Entonces decide tirarse en las arenas bajo las monumentales palmeras a descansar, ya que no tenía ganas de jugar en la playa por el clima muy caluroso. Cuando cierra los ojos, siente el ruido del mar y de la gente que estaba en el balneario que se encontraba a muy poca distancia. Estaba a unos segundos de encontrar el punto justo del sueño cuando de repente oye que alguien se sentó a lado suyo y dice:
-Hola Thai! Al fin te encontré!
Esa voz le resultaba muy conocida. Thai muy asustado, al reconocer a esa persona se pone en pie lo más rápido posible y se cubre la cara con los brazos pensando que iba a recibir un golpe. Pasaron unos segundos y muy tímidamente baja los brazos. Se trataba de Yung, un niño del mismo curso del colegio que el año pasado lo había golpeado. Yung le dice:
-No te asustes, no te voy a pegar. Te vengo siguiendo desde la salida del colegio. Era yo quien te seguía en el centro, pero justo cuando te diste vuelta para mirarme yo salí corriendo.
Thai, casi sin respirar por la sorpresa que se había llevado le pregunta que era lo que quería y le suplicó que no le pegue. Yung le contestó que no quería pelear con el. Simplemente quería pedirle si le podía obsequiar a el y a su familia un poco de pescado porque hace varios días que no probaban un bocado de comida porque no tenían dinero. Thai le explicó que el estaba pasando por la misma situación, pero si quería lo podía acompañar y enseñarle a pescar, así no volvía con las manos vacías a cambio de que no le pegue nunca mas como lo había hecho un año atrás.
Como era un día en el que el calor reinaba, ambos prefirieron ir un poco más tarde a buscar algo de comer. Se quedaron entre las palmeras pero sin dirigirse la palabra. Thai se sentía muy incómodo ante esta situación y sin importarle más el rayo del sol, bajó a la playa a jugar. Pasaron un par de minutos y Thai seguía jugando, pero Yung estaba sentado muy solo junto a las palmeras. Thai se detuvo por un instante pensando en el otro niño; por un momento se sintió igual que otra persona. Por eso dejó de hacer lo suyo y fue a las palmeras. Ahí Thai lo miró con los ojos lagrimosos a Yung, pidiéndole con la mirada de que viniera a jugar con él.
Esa mirada significó para los dos niños lo mismo: por fin Thai no estaba solo, aunque sea por ese día. Mientras que Yung, iba a conseguir comida y además se iba a hacer de una nueva amistad, pidiéndole perdón con una tarde de risas y juegos en la playa.
Se pasaron toda la tarde jugando, sin importarles el tiempo, el lugar y el pescado que tenían que ir a buscar. Se habían perdido en el mundo fantástico de la amistad y se habían olvidado de las diferencias dolorosas que existían entre los dos. Corrían entre las arenas que volaban a cada paso de los niños. Jugaban a ser piratas en busca de un tesoro, sin saber que estaban viviendo en la realidad lo mismo: buscaban el tesoro mas lindo de la vida que es la amistad. Por un momento se habían olvidado del mundo. Y por un momento Yung era feliz. Pero para Thai su felicidad significaba mucho más.
Por fin se habían acordado de que tenían que ir a buscar el pescado. Agotados hasta casi sin respirar, se detuvieron para tomar aire. Thai le dice a Yung de que se mantuviera ahí, mientras que el iba a buscar algo para refrescarse y las cañas. Este asienta con la cabeza y se dirige hacia las aguas para refrescarse el cuerpo. Thai, con las piernas que le temblaban, llega a su casita, Mientras juntaba lo que necesitaba mira por la ventana a su amigo. Sin desearlo se le cae una lágrima, pero el sabia que era una lágrima de felicidad. Su vida había cambiado para siempre. El único temor era que el día de mañana despertara y que solo haya sido un mal sueño. Pero prefería disfrutar el hoy. Y en el hoy era feliz.
Deja de perderse en su pensamiento, y se va corriendo en busca de su amigo. Mira hacia al mar pero no ve a Yung. Solamente ve una gigantesca y furiosa ola que se aproximaba hacia el que estaba totalmente paralizado. Cuando quiso reaccionar, ya había sido tapado por el agua. Intentaba mantener la respiración mientras que era tirado y revolcado muy violentamente por la ola. Sentía como se golpeaba contra todo lo que se encontraba, y lo más fuerte era que escuchaba gritos de muchísima gente que pedían socorro o voces que eran tapadas por el agua. De repente tanto mareo es detenido por un inmenso golpe que se da contra una palmera. Después de estar un minuto con la perdida de conocimiento, Thai, tirado boca arriba, abre los ojos y lo único que ve es el cielo azul. Todo dolorido, intenta ponerse en pie, pero se cae. Nuevamente lo intenta y consigue, aferrado a la palmera, levantarse. Mira a su alrededor y todo era caos. Personas gritando, lastimadas, otras muertas. Todo destruido en cuestión de minutos.
Thai no paraba de llorar. Gritaba buscando a sus papas, pero ellos no se encontraban en la ciudad. Tenía mucho miedo. Estaba frente a una espantosa catástrofe, incomparable con los tsunamis que ya habían llegado a la región varias veces en el pasado. Lo que había sucedido hoy era increíble. Una ola gigantesca había tapado y arrasado con todo lo que se cruzara en el camino. En ese momento se acordó de que el no estaba solo. Se acordó de Yung. Rápidamente salió a buscarlo. Gritaba su nombre hasta quedarse sin voz. Lo peor de todo era que ya no reconocía el lugar porque todo estaba destruido.
Mientras caminaba por arriba de unas paredes caídas, escucha de muy lejos su nombre. Desesperado empieza a patear todo para hacer paso. Y ahí es cuando ve a su amigo: Yung era aplastado por un pedazo de madera. Thai va corriendo en ayuda de su amigo. Lo saca de ahí muy cuidadosamente cuando este le dice las palabras mas deliciosas que había escuchado en su vida:
-Gracias, amigo!
Rápidamente lo abraza con muchas lágrimas en los ojos. Sin siquiera poder levantarse, una nueva ola tapa el lugar sin pedir permiso alguno. Fue también como la anterior, dos minutos de pánico y nuevamente la calma.
Media hora después llegan los primeros socorristas en búsqueda de vidas. Mientras caminan ven dos cuerpitos de niños entre las palmeras que se habían caído en la playa: eran Thai y Yung. Ambos estaban abrazados pero Thai estaba muerto, cubriendo el cuerpo de su amigo que lloraba sin parar.
FIN
gracias
